Martes, Enero 8, 2008...18:13

¡Qué lástima!

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Alguien que lleva más de dos décadas siendo aficionado a los videojuegos, a menudo no puede evitar asociar sus recuerdos o algún aspecto particular de su vida con algún juego y viceversa. Por ejemplo, el otro día, no se sabe aún a santo de qué, me dio por volver a jugar a un juego de Neo Geo que amenizó incontables tardes de domingo hace unos años, cuando aún vivía en casa de mi madre, iba al instituto y me aburría como un oso. Dicho juego era Twinkle Star Sprites. No jugaba a él en la consola original, sino en mi recién comprado PC, gracias a un magnífico emulador llamado NeoRAGEx. Y por alguna extraña conexión sináptica creada en mi cerebro, recordé un poema de León Felipe.

Les parecerá muy absurdo todo lo que acabo de decir, ya que nada tienen que ver los cojones y comer trigo, pero les explico de qué va la historia.

Aquellas tardes de juegos las solía acompañar con la radio de fondo. La música de los juegos de 16 bits a veces se hacía algo cansina. Además, el sonido de la Neo Geo no estaba muy bien emulado por aquel entonces, así que muchas veces apagaba los altavoces de mi equipo y me ponía de fondo la SER o Radio 3. Pues bien, una de esas tardes mi compañero fue el tristemente desaparecido Jesús Velasco (bueno, creo recordar que era él), quien presentaba entonces uno de esos maravillosos programas de nada en concreto y a la vez de todo lo humano y lo divino con los que a veces la cadena de PRISA llena las tardes que no hay puto fútbol de mierda. Aún no sé por qué, el amigo Velasco se arrancó a leer el poema ¡Qué Lástima!. No soy especialmente aficionado a la poesía, lo admito. Salvo Antonio Machado, de cuyos Campos de Castilla soy devoto, y quizá (sólo quizá) aquel entrañable cabronazo llamado Juan Ruiz, que era Arcipreste de Hita, no se puede decir que sea seguidor de ningún poeta. Pero debo admitir que este se me quedó grabado sólo con oírlo, e incluso paré el juego para poder prestarle toda mi atención. Bien es verdad que el vozarrón de Jesús Velasco también ayudaba mucho.

Como decía, en un momento de mi sesión de revival con Twinkle Star Sprites, tuve la necesidad urgente de volver a oír o de volver a leer ese poema. Paré el emulador (esta vez el todopoderoso MAME) y me encomendé a San Google para encontrarlo. Y aquí lo tienen:

¡Qué lástima!

¡Qué lástima
que yo no pueda cantar a la usanza
de este tiempo lo mismo que los poetas que hoy cantan!
¡Qué lástima
que yo no pueda entonar con una voz engolada
esas brillantes romanzas
a las glorias de la patria!
¡Qué lástima
que yo no tenga una patria!
Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa
desde una tierra a otra tierra, desde una raza
a otra raza,
como pasan
esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca.
¡Qué lástima
que yo no tenga comarca,
patria chica, tierra provinciana!
Debí nacer en la entraña
de la estepa castellana
y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada;
pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,
y mi juventud, una juventud sombría, en la Montaña.
Después… ya no he vuelto a echar el ancla,
y ninguna de estas tierras me levanta
ni me exalta
para poder cantar siempre en la misma tonada
al mismo río que pasa
rodando las mismas aguas,
al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.
¡Qué lástima
que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa
en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
(que me contaran
viejas historias domésticas como a Francis Jammes y a Ayala)
y el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla.
¡Qué lástima
que yo no tenga un abuelo que ganara
una batalla,
retratado con una mano cruzada
en el pecho, y la otra en el puño de la espada!
Y, ¡qué lástima
que yo no tenga siquiera una espada!
Porque…, ¿Qué voy a cantar si no tengo ni una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada?
¡Qué voy a cantar si soy un paria
que apenas tiene una capa!

Sin embargo…
en esta tierra de España
y en un pueblo de la Alcarria
hay una casa
en la que estoy de posada
y donde tengo, prestadas,
una mesa de pino y una silla de paja.
Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla
en una sala
muy amplia
y muy blanca
que está en la parte más baja
y más fresca de la casa.
Tiene una luz muy clara
esta sala
tan amplia
y tan blanca…
Una luz muy clara
que entra por una ventana
que da a una calle muy ancha.
Y a la luz de esta ventana
vengo todas las mañanas.
Aquí me siento sobre mi silla de paja
y venzo las horas largas
leyendo en mi libro y viendo cómo pasa
la gente a través de la ventana.
Cosas de poca importancia
parecen un libro y el cristal de una ventana
en un pueblo de la Alcarria,
y, sin embargo, le basta
para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.
Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa
cuando pasan
ese pastor que va detrás de las cabras
con una enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga
de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias, de Pastrana,
y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.
¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana
siempre y se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
¡Qué gracia
tiene su cara
en el cristal aplastada
con la barbilla sumida y la naricilla chata!
Yo me río mucho mirándola
y la digo que es una niña muy guapa…
Ella entonces me llama
¡tonto!, y se marcha.
¡Pobre niña! Ya no pasa
por esta calle tan ancha
caminando hacia la escuela de muy mala gana,
ni se para
en mi ventana,
ni se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
Que un día se puso mala,
muy mala,
y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.

Y en una tarde muy clara,
por esta calle tan ancha,
al través de la ventana,
vi cómo se la llevaban
en una caja
muy blanca…
En una caja
muy blanca
que tenía un cristalito en la tapa.
Por aquel cristal se la veía la cara
lo mismo que cuando estaba
pegadita al cristal de mi ventana…
Al cristal de esta ventana
que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja
tan blanca.
Todo el ritmo de la vida pasa
por el cristal de mi ventana…
¡Y la muerte también pasa!

¡Qué lástima
que no pudiendo cantar otras hazañas,
porque no tengo una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada,
y soy un paria
que apenas tiene una capa…
venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!

Curiosas, las asociaciones de ideas que hacemos a veces.

2 comentarios

  • Yo, que siempre fui uan adolescente rara rara de pelotas, en mi carpeta no tenía fotos de la SuperPop ni cosas de ese palo… pero sí tenía parte de este poema, que me encontré un día escrito en las hojas interiores en blanco de un libro en casa de mi abuelo. No sabía de quién era (acabo de descubrirlo ahora), pero me gustó tanto que…

  • Ju ke potito. Yo de pequeña tambien era rara. En los recreos, como nadie queria jugar conmigo pq decian que era muy rara, me kedaba leyendo en clase la mita de las veces, pero en mi caso si eran libros de poesia. Mi libro favorito era de una coleccion del año afuuuu de poesia del siglo XVIII.

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